mas gente y menos números
Bañado, peinado y perfumado. Como todos los primeros Jueves de mes de lo que iba de año, antes de ir a la oficina y a eso de las diez de la mañana, Elías subía los escalones del Ministerio de Salud con una caja de galletas de panadería bajo el brazo. Mientras se acomodaba el puño almidonado y se ajustaba su manos libres sin batería, pudo ver con el rabo del ojo como un funcionario gritaba en bucle a bulto de gente, que represada al costado del edificio se esforzaba por escuchar el anuncio que les arruinaría el día:
…porque esto se llena muy rápido los Lunes. Repito, para los que no escucharon. Señoras y señores, se acabaron los números de hoy, para retirar sus medicamentos, deberán volver otro día. Los Viernes no hay atención al público, por lo que deben venir el Lunes. Vengan bien temprano porque los Lunes hay mucha gente y menos números.
Mientras subía el resto de los escalones y como para no escuchar el gruñido anónimo del bulto, se preguntó en voz alta, «¿Por qué no habilitarán una de las entradas del sótano para esta gente como hacemos en el ministerio de educación?»
Primero cruzó el portal un carnet de gobierno y detrás entró Elías, anunciado por el chillido de la puerta que la recepcionista había aprendido a ignorar desde su primer día en el puesto. El granito con hormigón expuesto sesentero de ministerio parecía estar diseñado para atrapar el frío de aire acondicionado que no descansaba ni los fines de semana. Elías lo agradeció, pues ya empezaba a sentir como el vaporon tropical de Caracas empezaba a manchar su camisa. Saludó a la recepcionista con un piropo genérico, de mal gusto pero bien recibido y siguió hacia los ascensores.
Frunció el ceño por adelantado preparándose para la escena que lo esperaba en el quinto piso. Otro bulto pero ahora de cerca. Una fila de gente con cara de muerto por haber amanecido afuera y también con olor de haber amanecido afuera. Aguantó la respiración al salir del ascensor pero no pudo evitar sentir asco al recibir el perfume comunal de mal aliento, humedad y guayoyo. Elías ignoró las miradas puntiagudas del tumulto y sin mirar atrás fue hasta la cabeza de la fila.
— ¿Cómo está hoy Elías? Ya lo estábamos esperando por acá.
— Muy bien camarada, acá le traje una galleticas para compartir con los compañeros.
— Deme un segundo para buscarle su paquetico.
Elías volteó y se dio cuenta que la gente a la cabeza de la fila seguía apuntando sus miradas hacia él, también notó que todos en la fila tenían bolsitas plateadas y él había olvidado la suya.
— Ajá, acá le traigo las dosis de Pembrolizumab y una de Cetuximab. Dentro de cuatro semanas cae el puente de semana santa, entonces le estoy metiendo acá de una vez la dosis para el siguiente ciclo. Acuérdese que no puede romper la cadena de frío, tiene que mantenerlas dosis refrigeradas en la nevera, pero no en la puerta. Y no se preocupe, ya vi que se le olvidó la bolsa térmica, yo le presto una de las que tengo acá camarada.
—Muchas gracias camarada, ¿Le debo algo?
—No no no, ¿Cómo cree? cuando necesite algún favorcito allá en Educación le cobro el favor.
Y atrayendo cada una de las miradas de la fila, tan rápido como entró, y ahora con una bolsa bien cargada, Elías salió hacia el ascensor. Con otro piropo ahora menos genérico y más picante Elías se despidió de la recepcionista, el granito, el concreto expuesto y el aire acondicionado.
Apretado, cansado y aturdido viajaba Elías en el asiento trasero de un porpuesto, un Chevrolet Malibú del 82 que lo traería a casa después de ir a una farmacia clandestina de un pueblo fronterizo colombiano. Apretado entre los brazos sudados de dos extraños con los que compartía el asiento, Elías miraba como goteaba la bolsa de hielo en la que traía sus dosis de Cetuximab. Cuatro meses habían pasado ya sin que su madre pudiera hacerse quimioterapia. Cuando lo botaron del Ministerio de Educación, por un cambio de ministro cayó en la lista de indeseables del gobierno. Ahora era parte del bulto y no notaba ya el olor a mal aliento, humedad y guayoyo.