de efe
Estaba acostumbrado a la sensación de despertar desorientado. La rutina de viaje le enseñó a esperar unos segundos a que su cerebro despertara y eventualmente reconociera las imágenes que le enviaban sus ojos.
¿A quién pretenden engañar?, pintar las tuberías, cables y vigas de gris no hace que el techo se aplane o desaparezca. Es dejarlo medio hecho, recortar costos y llamarlo diseño de interiores. Pensó en un review que nunca escribiría:
Excelente ubicación. Muy seguro. Tiene portero, gym, piscina y concierge. Habitaciones limpias, amplias, decoración moderna estilo tubería expuesta: 5/5.
Despertaba. Giró sobre su hombro izquierdo. Apartando las almohadas de proporciones ridículas pudo sentir la claridad del día. La luz entraba por la pared de cristal que mostraba la silueta de una ciudad familiar pero desconocida.
El ruido de las bocinas entró apenas enfocó su vista en el ventanal. Reconoció una cortina densa y verdosa, era el monóxido estático que suavizaba los rayos de sol. Pudo olerlo. Amanecía en la Ciudad de México. Despertó.
Buscando su móvil, tanteó la cama con un apuro innecesario pero habitual. Giró sobre su otro hombro y se entretuvo con la escena de una habitación larga, genérica e inerte que parecía engullir el ruido y la luz de una manera sobrenatural. En el fondo oscuro apenas resaltaba una hoja brillante tras la puerta, sólo lograba leer: «EN CASO DE SISMO».
Asomándose desde el borde de la cama, pudo ver la alfombra gris adornada con un patrón de brochazos ondulados beige que asumió alguna vez fueron blancos. Aunque todo parecía impecable sabía que no lo era. Se sintió sucio. ¿Cuántas manchas se ocultan bajo esa alfombra?¿Cuántos fluidos?¿Será una alfombra específicamente diseñada para esconder fluidos?¿Qué sería necesario para cambiar una alfombra de hotel?¿Mostaza, boloñesa, vino, sangre?¿Habrá muerto alguien en ésta habitación?, seguro que sí.¿Muerte natural?¿Quizás suicidio?, los hoteles son el lugar de preferencia de la gente suicida y en el DF hay mucha gente. Había dormido en cientos de hoteles pero nunca vió a alguien cambiando alfombras. Tampoco había visto una habitación de hotel clausurada por algún muerto, suicida o no. No es buena prensa, pensó.
Cuántas veces había visitado el DF. ¿Siete, ocho?, tantas veces que ya la ciudad había cambiado de acrónimo, ahora era CDMX. Vió la pantalla: «06:37 am, 20°C, nublado». Se sintió sucio. Odiaba estar obligado a respirar aire estancado y con historia. Se notó envuelto en sábanas y pudo sentir en su piel una capa de partículas de otra gente. Corrió a la ducha.
Mientras bajaba a desayunar y veía la luz saltar de botón en botón, se sorprendió con la inquietud de sus manos. Estaba emocionado. Era la primera vez que podía tener el lujo de conocer la ciudad de verdad. Desde que lo invitaron a México, meses atrás, pidió reservar un día entero en su agenda, sin plan, chofer o séquito, un día para él. Quería conocer el DF crudo, no la versión curada que le presentaba el enjambre de aduladores que lo rodeaban en cada uno de sus viajes y que empacaban sus días con eventos, restaurantes finos y propuestas de negocios. Su estómago no podría soportar una reunión más con ‘inversores’ americanos que sólo querían usar su apellido en algún cartel de Cancún para vender steaks de cien dólares a otros americanos con más dinero que gusto. Se negaba. Aún no caía tan bajo como el Ferrán, pensó.
Cruzó el lobby genérico, con lámparas colgantes genéricas, perfume de flores genéricas, plagado de uniformes grises y genéricos. Con sus pasos, las sonrisas de hotel automáticas se iban activando con el mismo ritmo y obligación que los botones del ascensor.
Se sentó en el restaurante junto a una ventana con vista a la Avenida Reforma. Desde esta altura la cortina de monóxido parecía retraerse y le permitía detallar la escultura de una mujer desnuda, con arco y sin flecha, que decoraba una redoma que parecía ser el epicentro de una coreografía de taxis idénticos que bailaban en fila y sin ritmo hasta el inicio de la ciudad. Juraría haber visto la misma redoma, con la misma escultura en otra ciudad, quizás con flecha.
Leyó el menú y le pareció insultante no encontrar un sólo plato local. Mientras más fino el hotel, menos arraigado, pensó. Quien usualmente se queda en estos hoteles querrá sentirse en casa, y casa aparentemente es americana continental: aburrida e insípida. Pidió al mesero unos huevos revueltos y tostadas. Ojeó los periódicos impecables que trajeron con el café pero no encontró nada que llamara a ser leído: otro político corrupto, otra crisis migratoria, otro crimen de guerra. «07:02 am, 21°C, nublado»
Pensó en su padre. ¿Estaría orgulloso de él?, ¿qué pensaría si supiera que estaba en México firmando libros?¿Qué haría en este momento?, hace tiempo que sus realidades eran muy distintas y la suya incomprensible para una pareja de granjeros setentones catalanes.
En Vallmanya serían las dos o tres de la tarde. Quizás su padre trabajaba el huerto detrás de casa, cortaba leña seca, reparaba algún trasto en el taller o se preparaba para podar las hileras interminables de árboles de albaricoque que había cuidado todo el invierno.
Recordó correr en los sembradíos junto a su hermano, antes de tener su primera estrella Michelin, su primer restaurante o incluso haber preparado su primer plato. Recordó la alegría de la vida antes de las responsabilidades. Trepar árboles que crecían tan rápido como él, probar por primera vez el ácido de los ciruelos verdes, oler la dulzura de las peras en la corteza de sus árboles y sentir el sabor del bosque al morder las zarzamoras que se ganaba a cambio de las marcas que dejaban las espinas que las defendían.
Extrañaba encontrar nuevas texturas, olores y sabores, más que eso, lo necesitaba. Sabía que su cocina se había estancado. La voz en su cabeza que le recordaba que era un impostor se hacía cada vez más alta, y cada nueva crítica parecía estar más de acuerdo con ella.
El desayuno llegó acompañado de otra sonrisa automática. Antes que el plato tocara la mesa vio y olió el desastre. Dio algo de mérito a quien sea que había logrado hacer tanto tan mal. Sintió pena por la gallina y el desperdicio de sus huevos. Habían usado un sartén frío y rayado sobre un fuego demasiado alto. Revolvieron tanto esos huevos que terminaron produciendo un puré color crema, además, los coronaron con una lluvia de cebollinos en la que no pudo encontrar dos cortes iguales. Es que no es fácil, pensó, mérito a quien lo merece.
Recordó que éste día era suyo y se culpó por dejar que la rutina tomara decisiones por él. Decidió desayunarse al DF. Al empujar el plato notó que el mesero seguía allí, sonriente. Con una mirada se despidió de la mujer desnuda y salió al lobby.
El portero sonriente le abrió y se despidió. Al pisar Reforma sintió el golpe invisible del DF. Cruzó la avenida y bajo el cielo toldado caminó hacia Roma Norte.