agua brava
Ellos sabían que poco a poco te enfermabas. De vez en cuando, él te veía por el retrovisor. Ella volteaba, vigilaba tu respiración, acomodaba tu abrigo de lana y se fijaba en cuanto tardaban tus ojos en encontrarte con los suyos. Él, cuando el camino lo dejaba, buscaba desde el espejo señales de alerta en tu cara.
Tuc.. tuc… Cada curva la sentías como más cerrada. Odiabas esta parte. Sin tener opción, ni saber aún palabras para expresarlo, sentías como el malestar curva a curva empeoraba.
Quizás era el frío seco, las vibraciones de carro viejo, el olor a leña húmeda que calentaba las casas andinas que ibas dejando atrás, o quizás era la ventana plana que con cada volantazo y como ensañada te pegaba en la sien: tuc.. tuc. una curva sí, una no, una sí, una no. Tuc, tuc.
El sonido de los golpes en tu cabeza se sincronizaba con el del vaivén de objetos que vivían en la guantera, reconocías el sonido de la botellita de vidrio chocando contra el metal de las monedas huérfanas que ahora parecían formar parte del carro. De vez en cuando el vidrio plano y frío del Fiat se entretenía con alguna recta del camino, pero eventualmente se acordaba y volvía… una sí, una no. Tuc, tuc.
Ahora sí que te enfermabas. Tan rápido que los labios al secarse halaban la piel que los rodeaba. Sudabas frío. No lo veías, pero sentías como tu piel cambiaba a pálida. Una sí, una no… tuc. tuc.
Mientras luchabas con el fundido a negro, sentías como después de reclamos aturdidos y miradas asustadas, la velocidad bajaba. El motor, tan falto de oxígeno como tú ahora murmuraba, ya no era leña sino un olor a frenos que te rodeaba. Pareciste indiferente al frío que te golpeó cuando abrieron la puerta. Trataban de despertarte, con palmadas que no sentías y gritos que no escuchabas.
Las cuatro manos que te movían se convirtieron en dos. Lejos, escuchaste el sonido de otra puerta y el cliqueo de la guantera. El olor intenso de cítrico y pino te trajo de vuelta. Los gritos se hicieron claros y pudiste distinguir las caras preocupadas y el verde viejo de la botellita de perfume que otra vez te sacaba del desmayo.
‘Ésa es la Agua Brava de toda la vida’ escuchaste. ‘Puig justo lanzó éstas otras fragancias, un poco más modernas…’
Te alejaste del vendedor del Corte Inglés sin decir nada. Buscaste la puerta. El sol en la cara te trajo de vuelta.
‘Náuseas con nostalgia' pensaste, te hizo gracia.